La caza de brujas: Una persecución misógina
- FemiBlogs FeminUN
- 20 may 2022
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El presente artículo no refleja las opiniones del grupo estudiantil FeminUN, sino de sus respectivas autoras.
El mito demonológico, esto es, la creencia en la existencia de sectas de brujos consagrados al culto del Diablo, se constituyó en los últimos años del siglo XIV (Bigalli, 2006). Durante la época de transición de la edad media a la moderna, la unidad de la iglesia se vio debilitada debido a las múltiples crisis que implican el paso de una era a otra. La crisis del sistema feudal y la consolidación de Estados modernos corresponden a aquellos fenómenos que sembraron el miedo y la incertidumbre en las personas. A razón de esto, las autoridades eclesiásticas, queriendo disipar aquel miedo, trasladaron la responsabilidad de las crisis, en parte, a las mujeres; deslegitimándolas y fijándose así un enemigo común (Beteta, 2012).
Así pues, fue en el transcurso del siglo XV en que se establecieron tratados jurídicos, respaldados por el derecho internacional de la época, donde se proscribió el delito de brujería y surge el estereotipo de la bruja. En 1484 el papa Inocencio IV, a través de la bula Summis desiderantes affectibus, nombró a dos inquisidores, Jacob Sprenger y Heinrich Institoris, a reprimir el crimen de la brujería. (Sallman, 1993). Dos años más tarde, respaldados con la sanción pontificia, estos dos hombres publicaron el Malleus Maleficarum, un tratado jurídico donde se atribuyó la brujería directamente a la mujer. ¿Por qué?

En aquella obra se absolutiza un mal (el Diablo) justificando la necesidad divina de neutralizar a todo aquel opositor de Dios. Es decir, estos inquisidores realizaron una construcción jurídica “intelectual” -entre comillas, pues su lectura permite concluir la ausencia de cualquier argumento racional y no prejuicioso- que fue elaborada teniendo como base la religión católica ya que su razón para atribuir la brujería a la mujer encontraba su fundamento en el Antiguo Testamento. La proposición número cincuenta y cuatro del Malleus Maleficarum establecía lo siguiente:
“54. La mayoría de quienes practican la brujería son mujeres, ello se debe a que -formadas defectuosamente de una costilla curva de Adán- son inferiores a los hombres (…) Aunque fue el diablo quien condujo a Eva al pecado, fue Eva quien sedujo a Adán; el pecado de Eva no nos hubiese conducido a la muerte del alma y del cuerpo, si no hubiese seguido la falta de Adán, a la cual le arrastró Eva y no el diablo. “Fémina” proviene de “fe” y de “minus”, porque las mujeres han tenido siempre menos fe.”
Por un lado, de la anterior disposición, la cual evidencia en parte el alto nivel de misoginia con que fue escrito el tratado, se puede inferir que a la mujer se le culpabiliza por la caída del hombre. Además, según la lógica de los autores la mujer era más sensible a la tentación demoníaca por su naturaleza rebelde e inferioridad congénita no solo por haber sido creada de la costilla de Adán, sino que el sometimiento también encontraba fundamento en que cuando Dios los expulsó del Paraíso, a la mujer, dentro de otros castigos, le impuso que “(...) tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará (dominará) de ti”. Por otro lado, la disposición cincuenta y cuatro del tratado hace referencia a uno de los dos relatos hallados en el Génesis, esto es, el de Eva. El otro relato es aquel en donde Lilith fue la primera mujer, la cual fue creada conjuntamente con Adán y permaneció con él por un tiempo, pero lo abandonó al insistir en querer gozar de completa igualdad. Debido a que se rehusaba a volver con Adán, Dios la condenó viviendo como un demonio y en su lugar, creó a Eva.

Los dos relatos fueron fundamento para el Malleus Maleficarum, un discurso punitivo que legitimaba prácticas genocidas, fue una construcción jurídica para validar una guerra de sexos con la finalidad de perpetuar aquella culpa atribuída a la mujer por la tradición cristiana. Entre algunos ejemplos, los autores del tratado insistían que las brujas, a través de maleficios, podían “(...) herir a los hombres en todo, impedir la erección genital, provocar abortos y esterilidad en otras mujeres, devorar a niños en calderas, desencadenar pestes, embrujar a hombres y animales con una sola mirada, cambiar el corazón de los hombres del amor al odio, trasladarse por el aire y provocar enfermedades” (Bigalli, 2006). Las anteriores razones, entre otras, fueron suficientes para expandir por Europa leyes sangrientas que cobraron la vida de miles de mujeres, que, en su mayoría, eran de clases empobrecidas. Filósofos medievales como San Agustín y Tomas de Aquino, dudaban de la naturaleza malvada de las brujas, y en cambio, atribuían está a la acción del Diablo, que actuaba por medio de ellas. Estos consideraban que la condición “imperfecta” de las mujeres, que se tradujo en la designación de la infidelidad como una debilidad exclusivamente femenina a causa del legado de Eva que estigmatiza su sexualidad; solo era un medio para infringir mal en los hombres (Beteta), no obstante, no impidió que se constituyera una masacre que acabó con la dignidad humana de las mujeres.
Así pues, vemos como en el imaginario social la práctica de la brujería se relacionaba con la naturaleza “femenina” pues las mujeres que se salían de los roles asignados (el reproductivo y el sumiso) y en su lugar, aquellas no conformistas, curiosas e indómitas que, por ejemplo, tenían conocimiento e ideas propias eran calificadas como agentes de Satán. Por ejemplo, en los casos procesados por el Santo Tribunal de la Inquisición de Cartagena entre 1610 y 1660 quedaron registradas este tipo de situaciones impulsadas por aquellos conceptos católicos misóginos, en donde las mujeres, en aquel entonces privadas de educación, pero que eran parteras, hierberas y sanadoras fueron perseguidas. Era tan inconcebible que las mujeres fueran capaces de inteligencia que era más razonable tildarlas de brujas para así entonces (i) exterminarlas o; (ii) excluirlas de las ramas de trabajo profesional.
“En lugar de integrar a las mujeres y su vasto conocimiento de la herbolaria, sus apreciaciones y habilidades para los servicios de salud en sus comunidades, la Iglesia las aisló, las disfamó, las desprestigió acuñándolas con el peyorativo “bruja”. Tanto el Santo Oficio, como la inquisición española y la romana fueron una estrategia patriarcal calculada fríamente para eliminar la competencia que ellas representaban para la nueva profesión médica.” (Wolfensberger, 2001, como se citó en Buitrago, 2008).

Si las razones para la persecución de brujas ya eran lo suficientemente misóginas, el procedimiento al que eran sometidas las acusadas reveló “(...) una misoginia sin paralelo en la historia y no puede explicarse a partir de ningún crimen específico” (Federici, 2004). El proceso fue exactamente retratado en la recién película Akelarre (2020) de Pablo Agüero, donde los inquisidores, sin importar la edad de la acusada, las desnudaban y afeitaban completamente en una mesa pues se creía que el Diablo se escondía en los cabellos, después se les infringía dolor con herramientas cortopunzantes en busca de la señal con las que el demonio las marcaba. Lamentablemente, con mucha frecuencia, eran violadas pues justificaban que era necesario determinar, como prueba de su inocencia, si eran vírgenes o no. Por último, su ejecución debía ser pública a fin de hacer odiar el crimen. Incluso, según la disposición 77 del Malleus Maleficarum, las hijas de las brujas habían también de ser sospechosas de imitadoras de los crímenes maternos, pues toda la generación se encontraba infectada. (Bigalli, 2006). En fin, fue un crimen exclusivamente femenino que excedió ilimitadamente el poder punitivo ejercido por el Estado porque, no debe olvidarse, que las acusaciones y los numerosos juicios fueron posibles con la cooperación estatal.
A la fecha, es imprecisa la cifra de cuántas fueron asesinadas, debido a la eliminación de los veredictos de los juicios, pero Barstow concluye en su investigación Witchcraze (1994) que fueron cerca de 100.000 mujeres en un lapso de tres siglos. Lo cierto es que la caza de brujas fue una persecución política orquestada especialmente por la Iglesia Católica, quien creó toda una maquinaria legal e ideológica para exterminar a aquellas mujeres que se salían de los estándares de la feminidad. El impulso político era tan grande, por el hecho de que tanto las naciones católicas como las protestantes, en guerra entre sí en todo lo demás, se unieron y compartieron argumentos para perseguir a las brujas. En definitiva, fue una guerra en contra de las mujeres, un cruel y extremadamente misógino intento coordinado de demonizarlas para mantener el control institucional sobre ellas.
Autoras: Valentina Ortega Carvajal & Sara García Ruidiaz.
Referencias
Barstow, Anne Llewellyn (1994). Witchcraze: A New History of the European Witch Hunts, Our Legacy of Violence Against Women, Nueva York, Pandora Harper Collins.
Beteta, Yolanda (2012). Entre conjuros y pactos diabólicos. La proyección simbólica de las mujeres en el discurso demonológico. Universidad de Madrid (s/f). Recuperado de https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/33/01/63beteta.pdf
Bigalli, Carlos (2006). El Malleus Maleficarum. Subjetividad y Procesos Cognitivos. Pág. 92-11. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2785101.pdf
Buitrago, Roxana (2008). Cuerpos Enclaustrados: Construcción del cuerpo femenino en el Caribe colombiano 1610-1660. Universidad del Norte. Recuperado de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2863388
Federici, Silvia (2004). Calibán y la bruja. Recuperado de https://traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Caliban%20y%20la%20bruja-TdS.pdf
Jean-Michel, Sallman (1993). La bruja en Historia de las mujeres en Occidente, Vol. 2: Edad Media. Editorial Taurus.




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