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Entre el grito y el silencio: Memorias nunca olvidadas de madres determinadas.

  • Foto del escritor: FemiBlogs FeminUN
    FemiBlogs FeminUN
  • 25 mar
  • 4 min de lectura

Autora: Angeline Lopez


La primera vez que escuché acerca de los mal llamados “falsos positivos” tenía 8, quizás 9 años. No entendía qué estaba pasando o de qué estaban hablando, pero sí veía a mucha gente enojada, muchas madres llorando y sentía la tensión en el aire. Toda Bogotá estaba conmocionada, o bueno, lo que yo creía que era “toda Bogotá”, que no era mucho porque yo solo conocía Kennedy, Bosa, Puente Aranda y el centro.

Poco tiempo después, me enteré que aquellas madres que salían llorando en televisión eran las “madres de Soacha” y cómo sus hijos habían sido engañados, secuestrados y asesinados por el Estado. Seguía sin entenderlo, no podía comprender cómo algo así podía pasar, no entendía cómo pudieron confiar tan rápido en extraños que les ofrecían trabajo y cómo nadie había hecho nada al respecto o no estaban haciendo lo suficiente ahora mismo. No fue hasta mucho tiempo después que logré comprenderlo, luego de muchas charlas con mis padres, muchas noticias, muchas frases dolorosas de madres lloronas y ruidosas que no cesaban de buscar respuestas por las muertes de sus hijos. Soacha era más que lo poco y bello que yo conocía, que era nada porque solo conocía hasta la última estación del Transmilenio.

Soacha estaba llena de gente con sueños inmensos, de paisajes hermosos y de tan pocas oportunidades para esos jóvenes, quienes, en su mayoría, ni siquiera vivían en su casco urbano. Eran las víctimas perfectas porque nadie iba a preguntar por ellos, y si lo hacían, sus peticiones y reclamos no iban a ser escuchados o tenidos en cuenta, porque ¿Cuántos jóvenes se pierden a diario en Bogotá y su área metropolitana? ¿Cuántos de esos simplemente se fueron de fiesta o escaparon de casa? A parte, ¿De Soacha? Y específicamente de esa parte de Soacha, es simplemente perder tiempo en nada o eso solían decir muchos de los oficiales que recibían las denuncias…

Jóvenes de escasos recursos que vivían del pan coger, jóvenes ilusionados por la idea de un trabajo que les permitiera aliviar el estrés y la angustia que sufrían sus familias por la falta de dinero, jóvenes que como yo tenían sueños, vidas, ilusiones y tantas personas que los amaban a su alrededor y de las que nunca se pudieron despedir. Si hay una frase que nunca podré olvidar al respecto, sería esta: Mi hijo era todo lo que tenía y me lo arrebataron porque pensaron que yo no iba a hacer nada. Olvidaron que el amor de madre no se acaba así los hijos estén muertos.

Muchos años después, cuando ya había perdido un poquito el acento y la pena, hablé con mis abuelos al respecto. De esas conversaciones que ninguna de las partes sabe cómo llegaron ahí, pero saben que es importante tener esa conversación, que probablemente sea provechosa. Les comenté todo esto que han leído y sus respuestas me asombraron porque fueron tan inesperadas y al mismo tiempo tenían tanto sentido que no sé cómo no las vi venir. Mi abuelo me contó cómo a su hermano menor casi se lo llevan unos “tipos uniformados” en el monte, pero se salvó por poco porque decidió irse temprano ese día. No se puede decir lo mismo de sus amigos y compañeros. A partir de ahí, según mi abuelo, mi bisabuela lo esperaba en la puerta de la casa para asegurarse de que llegara sano y salvo. ¿Quién pensaría que eso sería algo normal o necesario en un pueblo perdido del Atlántico? ¿Qué harían unos tipos uniformados en un pueblo de tejedores que ni servicio de acueducto tiene? Nunca encontraron respuestas a estas preguntas, así como nunca encontraron los cuerpos de esos jóvenes y quizás sea porque el río los acogió.

Afortunadamente, mi familia nunca ha sentido el peso del conflicto, el olvido forzado de nuestros seres queridos o la indiferencia de quienes supuestamente garantizan la justicia en este país. Sin embargo, eso no me hace indiferente, eso no quita que me enoje un poco cada que veo una audiencia de la JEP, cada que alguien reduce a las víctimas por sus condiciones sociales o su ingenuidad, cada que alguien me dice que no es para tanto y no me debería importar como si yo no fuese humana, no fuese mujer o no hubiera escuchado el clamor de tantas madres tan de cerca desde temprana edad.

Hoy no es un día para celebrar, es un día para recordar que las guerras... que nuestra guerra tiene rostro de mujer. El conflicto armado colombiano tiene rostro de una mujer racializada, marginalizada, probablemente ignorada o menospreciada, pero sobre todo una mujer que tuvo que pasar por más de un tipo de violencia para ser escuchada, desde la física hasta la psicológica, desde la simbólica hasta la institucional. Así que dejemos algo en claro: Estos discursos actuales, este negacionismo y relativismo de las atrocidades que millones vivieron, no serán aceptados o excusados. No permitiré que utilicen sus nombres en vano y no aceptaré que quienes no conocen el dolor, me hablen de perdón y rencor.

 
 
 

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