Un primero de mayo incompleto
- FemiBlogs FeminUN
- 30 abr
- 2 min de lectura
Autora: María Fernanda Orjuela Salas
el primero de mayo no es un día neutro. nunca lo ha sido.
es un calendario escrito con manos cansadas, pero también con silencios que incomodan.
nos enseñaron a verlo como la gran épica del obrero, como la victoria de la clase trabajadora organizada, como el relato heroico de fábricas, huelgas y sindicatos. pero hay una grieta en esa historia. una grieta profunda, persistente, casi estructural: ¿quiénes no aparecen ahí?
porque mientras el marxismo clásico dibujaba al trabajador como un cuerpo masculino, industrial y asalariado, había mujeres —blanco mestizas— limpiando casas que no eran suyas, sosteniendo vidas que no les pertenecían, cocinando, criando, lavando, cuidando. trabajo sin salario, sin sindicato, sin primero de mayo. trabajo naturalizado, invisibilizado, romantizado bajo la trampa del “amor”.
y más allá —o más abajo, porque así lo ha ordenado la historia— estaban las mujeres negras. ellas no entraron al mundo laboral: nacieron en él. sus cuerpos no fueron integrados al sistema productivo; fueron su base. trabajaron en la colonia, en la plantación, en la casa ajena, en la calle, en la supervivencia constante. trabajaron antes de que el trabajo fuera reconocido como categoría política. trabajaron sin la posibilidad de dejar de hacerlo.
entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos del primero de mayo?
¿de qué clase trabajadora hablamos cuando el trabajo doméstico no cuenta?
¿de qué revolución hablamos cuando las cadenas no son solo económicas, sino también raciales y de género?
el marxismo nos dio herramientas para entender la explotación, sí. pero también nos dejó puntos ciegos. no vio —o no quiso ver— que el capitalismo no se sostiene solo sobre la extracción de plusvalía en la fábrica, sino también sobre el trabajo no remunerado en el hogar, sobre el cuerpo racializado que siempre está disponible, sobre la vida de quienes no pueden parar.
no basta con hablar de clase. nunca ha bastado.
porque hay mujeres que han trabajado sin ser llamadas trabajadoras.
hay cuerpos que han sostenido el mundo sin ser reconocidos como sujetos políticos.
hay luchas que no caben en las categorías clásicas.
este primero de mayo no puede ser solo conmemoración. tiene que ser incomodidad.
tiene que nombrar a las que no estaban en la foto.
a las que no firmaron manifiestos.
a las que no pudieron hacer huelga porque su ausencia significaba hambre, abandono o castigo.
reivindicar la lucha es también complejizarla. es decir que no hay una sola historia del trabajo, ni una sola forma de explotación, ni un único sujeto revolucionario.
es entender que sin las mujeres —todas: las oprimidas, las que habitan distintas formas de opresión, incluso aquellas que, en medio de estructuras desiguales, han reproducido o ejercido opresión sobre otras— no hay sistema que funcione, pero tampoco hay relato que las incluya del todo.
y entonces, quizá, el gesto más radical hoy no es repetir las consignas, sino reescribirlas.
hacer del primero de mayo un día donde el trabajo deje de ser solo lo visible,
donde la lucha deje de ser solo la que fue narrada,
y donde la memoria, por fin, tenga el cuerpo completo de quienes la hicieron posible.


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