La irascibilidad de la feminidad
- FemiBlogs FeminUN
- 5 abr 2024
- 3 min de lectura
Un ensayo sobre el “Female Rage” en el arte
Por: Marycarmen Linares Geizzelez
En un cuerpo sintiente, la rabia amenaza con salirse. Tanto enojo contenido en una sonrisa, tanta violencia en brotes de coágulos y tanta emoción reprimida detrás de una aparente normalidad. Por tanto, la rabia femenina se ha patologizado históricamente, tachándola como “histeria” o el descenso a una locura desenfrenada e infundada. Así, las mujeres hemos aprendido a maquillar el dolor imperante, la ira desmedida y los lloros rabiosos, que son goteras en nuestro techo emocional que se quedan salpicando encima de nuestros cuerpos en silencio. Esto es debido a las categorías que se ciñen sobre ellos, que, bajo el prisma del mundo, son incapaces de regularse debidamente. Porque nuestra garganta desaforada no es escuchada; porque nuestras dolencias atravesadas por la implacable violencia son naturalizadas.
Sentir es ser descarnada en carne propia cuando la rabia se nos fue vetada. Como bien es sabido, la indignación femenina incomoda en una sociedad que vende panfletos de mujeres enloquecidas, arrebatadas y cegadas por sentimentalismos. Por otro lado, se nos contempla como pacifistas en una quietud ilusoria, porque así conviene si trae consigo cuidados y mutismos. Sin embargo, a lo largo del tiempo, diversidad de mujeres se han encargado de vociferar en desgarros de carne y de lienzos, de gargantas y de sesos, que también sienten y que también lloran, gritan y, sobre todo, crean. Es por ello que, nos embarcaremos en un viaje que pretende echarles un vistazo a algunas creaciones artísticas empapadas por la sensibilidad de la irascibilidad femenina.
La rabia femenina ha estado presente en el arte tanto como una exploración del sentir, como también una denuncia inquebrantable. Desde la figura mitológica de Medusa, hasta relatos de múltiples autoras, tales como Virginia Woolf, Charlotte Brontë o Toni Morrison. En este caso, es relevante resaltar el trabajo de Artemisia Gentileschi. Después de ser ultrajada, se aventuró por medio de su arte a retratar la violencia que padecemos las mujeres. Con miradas penetrantes, rostros femeninos severos y fuertes semblantes, reflejó más que una rabieta; fue un pulso en contra de lo que se ostentaba en su época y una ineludible catarsis emocional.
Del mismo modo, Bikini Kill, una banda femenina noventera, llenaron un pequeño salón con bramidos frenéticos y coléricos rasgueos de guitarra, y estipularon que la revolución femenina residía en un micrófono que proyectaba gritos y en aquellos cuerpos saltarines que se empujaban unos contra otros al escuchar a su vocalista, Kathleen Hanna, emitir gruñidos y discursos de abrumadoras experiencias colectivas (“We’re Bikini Kill and we want Revolution Girl-Style now!”). Esta, junto a otras bandas como Le Tigre, Babes In Toyland y Hole, marcaron un hito en la estela del rock e inauguraron toda una ola feminista sobre los escenarios denominada “Riot Grrrl”. Con un furor teñido del carmesí del enfado, se alzaron en contra de la realidad de las mujeres, visibilizando problemáticas y ensalzando la sororidad y el compañerismo femenino.
En la actualidad, el término “Female Rage” está a la orden del día. La industria cinematográfica se ha encargado de poner de manifiesto las luces del cabreo con protagonistas complejas, que llenan pantallas con sus lágrimas de enfado y sus clamores destrozados. Así pues, nos permiten vislumbrarlas con el lente de la empatía, del ansia por descubrir las raíces de su aullido y trabajar sobre estas. Filmes como “Pearl”, y su mítico “Please! I’m a star!”, Gone Girl y Midsommar resuenan en nuestro imaginario colectivo y son claros ejemplos del despliegue de la bronca femenina.
Sin embargo, todavía nos queda un largo camino por recorrer. Si bien la representación de la rabia femenina está en auge, es necesario tomar acción sobre la brutalidad del mundo que nos rodea. Un mundo que ridiculiza a la mujer, que banaliza el abanico del sentir y que minimiza sus luchas emocionales.
En conclusión, seamos rebeldes, seamos libres. Seamos gritos y hagamos que convivir debajo de nuestra piel sea una revolución. Seamos capaces de gestionar sanamente nuestras emociones y de respetarlas por lo que son. Y, sobre cualquier otra cosa, recordemos que merecemos estar al frente de un escenario, en la autoría de libros, en los créditos fílmicos o moviéndonos en una pequeña parcela del mundo siempre que sintamos, siempre que creemos. Porque merecemos sentir y ser tajantes con nuestras posturas: la incomodidad, la indignación y la rabia son firmes y fuertes, y nosotras también




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