La piel desnuda bajo la armadura
- FemiBlogs FeminUN
- 30 ago 2024
- 2 min de lectura
Por: María Fernanda Orjuela
Ser mujer y feminista es habitar una paradoja. Es llevar sobre los hombros la historia de todas las mujeres que nos precedieron, sus luchas, sus dolores y sus triunfos. Es cargar con la responsabilidad de construir un mundo más justo, más igualitario, donde las mujeres no sean víctimas de violencia, de discriminación, de opresión. Es, en suma, una tarea titánica que exige una fuerza emocional inmensa.
En este camino, la crueldad del mundo nos golpea con una insistencia lacerante. Los titulares de los periódicos, las conversaciones cotidianas, las miradas ajenas, nos recuerdan constantemente que la lucha está lejos de terminar. Los feminicidios, las violaciones, la brecha salarial, son heridas abiertas que sangran en nuestro interior. Y es entonces cuando la duda se instala, cuando el cansancio nos invade y nos preguntamos si todo este esfuerzo vale la pena.
Los insultos, las descalificaciones, cada: "feminazis", “locas”, “histéricas”, “exageradas”, “no son formas”, son las balas que intentan silenciarnos. Pero; sabemos que detrás de cada palabra hiriente, se esconde el miedo al cambio, el apego a un orden patriarcal que busca perpetuarse. Y es precisamente esta violencia simbólica la que nos impulsa a seguir adelante, a alzar la voz con más fuerza, a ser el eco de las que no escucharon, y a ser los gritos de las que callaron.
Sin embargo, el desgaste emocional es real. Es la piel desnuda que se asoma bajo la armadura. Es la fragilidad que se revela en la soledad de la noche, cuando las redes sociales se apagan y solo queda el eco de la lucha. Es la sensación de estar luchando contra molinos de viento, de nadar contra corriente.
Pero, a pesar de todo, seguimos aquí. Seguimos resistiendo, seguimos soñando, seguimos creyendo. Porque sabemos que la lucha feminista no es solo por nosotras mismas, sino por todas las mujeres que vendrán, por todas las que ya no están. Porque sabemos que cada pequeña victoria es un paso hacia un futuro más luminoso.
En este sentido, el feminismo es un acto de amor. Es amar a las mujeres que nos rodean, es amar a las mujeres que ya no están, es amarnos a nosotras mismas. Es un acto de rebeldía, de resistencia, de esperanza. Es, en definitiva, un acto de creación.
Y es que, a pesar de la dureza del camino, el feminismo también nos ha regalado momentos de gran belleza. La sororidad, la solidaridad, la alegría de la lucha compartida, son tesoros que atesoramos en nuestros corazones. Son los rayos de sol que nos permiten seguir adelante, incluso en los días más oscuros.
Por eso, no nos dejaremos vencer. Seguiremos levantándonos una y otra vez, porque sabemos que la lucha feminista es una carrera de fondo, no un sprint. Y en esta carrera, la única meta posible es la transformación radical de la sociedad.


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